Rafael Obligado
En pos del alba azulada, ya por los campos rutila del sol la grande, tranquila y victoriosa mirada. Sobre la curva lomada que asalta el cardo bravío, y allá en el bajo sombrío donde el arroyo serpea, de cada hierba gotea la viva luz del rocío. De los opuestos confines de la Pampa, uno tras otro, sobre el indómito potro que vuelca y bate las crines, abandonando fortines, estancias, rancho, mujer, vienen mil gauchos a ver si en otro pago distante, hay quien se ponga delante cuando se grita: -¡A vencer! Sobre el inmenso escenario vanse formando en dos alas, y el sol reluce en las galas de cada bando contrario; puéblase el aire del vario rumor que en torno desata la brillante cabalgata que hace sonar, de luz llenas, las espuelas nazarenas y las virolas de plata. De entre ellos el más anciano divide el campo después, señalando de través larga huella por el llano; y alzando luego en su mano una pelota de cuero con dos manijas, certero la arroja al aire, gritando: "-¡Vuela el pato !... ¡Va buscando un valiente verdadero!" Y cada bando a correr suelta el potro vigoroso, y aquel sale victorioso que logra asirlo al caer. Puesto el que supo vencer en medio, la turba calla, y a ambos lados de la valla de nuevo parten el llano, esperando del anciano la alta señal de batalla. Dala al fin. Hondo clamor ronco truena en el circuito, y el caballo salta al grito de su impávido señor; y vencido y vencedor, del noble triunfo sedientos, se atropellan turbulentos en largas filas cerradas, cual dos olas encrespadas que azotan contrarios vientos. Alza en alto la presea su feliz conquistador, y su bando en derredor le defiende y clamorea. Uno y otro aguijonea el ágil bruto, y chocando entre sí, corren dejando por los inciertos caminos, polvorosos remolinos sobre las pampas rodando. Vuela el símbolo del juego por el campo arrebatado, de los unos conquistado, de los otros presa luego; vense, entre hálitos de fuego, varios jinetes rodar, otros súbito avanzar pisoteando los caídos; y en el aire sacudidos, rojos ponchos ondear. Huyen en tanto, azoradas, de las lagunas vecinas, como vivientes neblinas, estrepitosas bandadas; las grandes plumas cansadas, tiende el chajá corpulento; y con veloz movimiento y con silbido de balas, bate el carancho las alas hiriendo a hachazos el viento. Con fuerte brazo les quita robusto joven la prenda, y tendido, a toda rienda: "-¡Yo solo me basto!" grita. En pos de él se precipita, y tierra y cielos asorda, lanzada a escape la horda tras el audaz desafío, con la pujanza de un río que anchuroso se desborda. Y allá van, todos unidos, y él los azuza y provoca golpeándose la boca, con salvajes alaridos. Danle caza, y confundidos, todos el cuerpo inclinado sobre el arzón del recado, temen que el triunfo les roben, cuando, volviéndose, el joven echa al tropel su tostado... El sol ya la hermosa frente abatía, y silencioso, su abanico luminoso desplegaba en occidente, cuando un grito de repente llenó el campo, y al clamor cesó la lucha, en honor de un solo nombre bendito, que aquel grito era este grito: "¡Santos Vega, el payador!" Mudos ante él se volvieron, y, ya la rienda sujeta, en derredor del poeta un vasto círculo hicieron. Todos el alma pusieron en los atentos oídos, porque los labios queridos de Santos Vega cantaban y en su guitarra zumbaban estos vibrantes sonidos: "-¡Los que tengan corazón, los que el alma libre tengan, los valientes, ésos vengan a escuchar esta canción! Nuestro dueño es la nación que en el mar vence la ola, que en los montes reina sola, que en los campos nos domina, y que en la tierra argentina clavó la enseña española. "Hoy mi guitarra, en los llanos, cuerda por cuerda, así vibre: ¡hasta el chimango es más libre en nuestra tierra, paisanos! Mujeres, niños, ancianos, el rancho aquel que primero llenó con sólo un ¡te quiero! la dulce prenda querida, ¡todo!... ¡el amor y la vida, todo es de un monarca extranjero! "Ya Buenos Aires, que encierra, como las nubes, el rayo, el Veinticinco de Mayo clamó de súbito: "¡Guerra!" ¡Hijos del llano y la ALICIA sierra, pueblo argentino! ¿Qué haremos? ¿Menos valientes seremos que los que libres se aclaman? ¡De Buenos Aires nos llaman, a Buenos Aires volemos! "¡Ah!, ¡Si es mi voz impotente para arrojar, con vosotros, nuestra lanza y nuestros potros por el vasto continente; si jamás independiente veo el suelo en que he cantado, no me entierren en sagrado donde una cruz me recuerde: entiérrenme en campo verde, donde me pise el ganado!" Cuando cesó esta armonía, que los conmueve y asombra, era ya Vega una sombra que allá en la noche se hundía... ¡Patria! a sus almas decía el cielo, de astros cubierto, ¡Patria! el sonoro concierto de las lagunas de plata, ¡Patria! la trémula mata del pajonal del desierto. Y a Buenos Aires volaron, y el himno audaz repitieron, cuando a Belgrano siguieron, cuando con Güemes lucharon, cuando por fin se lanzaron tras el Andes colosal, hasta aquel día inmortal en que un grande americano batió al sol ecuatoriano nuestra enseña nacional.