José Hernández
Y allí el gaucho inteligente, en cuanto el potro enriendó, los cueros le acomodó y se le sentó en seguida, que el hombre muestra en la vida la astucia que Dios le dio. Y en las playas corcoviando pedazos se hacía el sotreta mientras él por las paletas le jugaba las lloronas, y al ruido de las caronas salía haciendo gambetas. ¡Ah, tiempos!… ¡Si era un orgullo ver jinetear un paisano! Cuando era gaucho baquiano, aunque el potro se boliase, no había uno que no parese con el cabresto en la mano. Y mientras domaban unos, otros al campo salían y la hacienda recogían, las manadas repuntaban, y ansí sin sentir pasaban entretenidos el día. Y verlos al cair la tarde en la cocina riunidos, con el juego bien prendido y mil cosas que contar, platicar muy divertidos hasta después de cenar. Y con el buche bien lleno era cosa superior irse en brazos del amor a dormir como la gente, pa empezar el día siguiente las fainas del día anterior. Ricuerdo ¡qué maravilla! Cómo andaba la gauchada siempre alegre y bien montada y dispuesta pa el trabajo… pero hoy en día… ¡barajo! No se la ve de aporriada. El gaucho más infeliz tenía tropilla de un pelo, no le faltaba un consuelo y andaba la gente lista… teniendo al campo la vista, sólo vía hacienda y cielo. Cuando llegaban las yerras, ¡cosa que daba calor! Tanto gaucho pialador y tironiador sin yel. ¡Ah, tiempos… pero si en él se ha visto tanto primor! Aquello no era trabajo, mas bien era una junción, y después de un güen tirón en que uno se daba mana, pa darle un trago de cana solía llamarlo el patrón.