José Hernández
Ninguno me hable de penas, porque yo penado vivo, y naides se muestre altivo aunque en el estribo esté: que suele quedarse a pie el gaucho mas alvertido. Junta esperencia en la vida hasta pa dar y prestar quien la tiene que pasar entre sufrimiento y llanto, porque nada enseña tanto como el sufrir y el llorar. Viene el hombre ciego al mundo, cuartiándolo la esperanza, y a poco andar ya lo alcanzan las desgracias a empujones, ¡la pucha, que trae liciones el tiempo con sus mudanzas! Yo he conocido esta tierra en que el paisano vivía y su ranchito tenía y sus hijos y mujer… era una delicia el ver como pasaba sus días. Entonces… cuando el lucero brillaba en el cielo santo, y los gallos con su canto nos decían que el día llegaba, a la cocina rumbiaba el gaucho… que un encanto. Y sentao junto al jogón a esperar que venga el día, al cimarrón le prendía hasta ponerse rechoncho, mientras su china dormía tapadita con su poncho. Y apenas la madrugada empezaba coloriar, los pájaros a cantar, y las gallinas a apiarse, era cosa de largarse cada cual a trabajar. Este se ata las espuelas, se sale el otro cantando, uno busca un pellón blando, este un lazo, otro un rebenque, y los pingos relinchando los llaman dende el palenque. El que era pion domador enderezaba al corral, ande estaba el animal bufidos que se las pela … y más malo que su agüela, se hacia astillas el bagual.